Tras seis meses de bombardeos intermitentes e intentos fallidos de negociación, Washington ha cambiado de rumbo: aislar a Irán del resto del mundo en lugar de enviar tropas terrestres. Una estrategia que la prensa internacional considera arriesgada y poco definida.
El giro estratégico es total. En lugar de optar por una vía militar que implicaría el despliegue de tropas estadounidenses en territorio iraní, la administración Trump ha elegido la máxima presión económica contra Teherán. El objetivo declarado: asfixiar financieramente al régimen de los mulás, aislándolo de los mercados globales.
Pero el obstáculo más inmediato es Pekín. China absorbe una parte considerable del petróleo iraní, y se espera que Xi Jinping visite Washington el próximo mes para una cumbre. Si el presidente chino no se compromete firmemente a reducir sus compras de hidrocarburos iraníes, la amenaza estadounidense quedará en letra muerta. Además, las sanciones nunca han sido una herramienta fiable para el cambio de régimen: su plena aplicación es difícil de garantizar, e Irán lleva décadas perfeccionando métodos para eludirlas.
Charles Lichfield, experto del Atlantic Council, resume la ambigüedad del enfoque: «Esta opción parece haber sido elegida por defecto. Esta administración tiene una extraordinaria capacidad para afianzar su fe en la última medida adoptada. Si algo no funciona, pasan a otra cosa, confiando en su propia convicción». Señala que el propio Donald Trump , al regresar al poder, dudó de la eficacia de las sanciones impuestas a Rusia bajo el mandato de Joe Biden.
Esta flexibilidad doctrinal no excluye la posibilidad de recurrir a la opción militar, sobre todo si Irán, bajo presión económica, optara por provocar nuevas perturbaciones en el mercado energético para aumentar el coste político de la presión estadounidense.
Donald Trump, por su parte, muestra una confianza inquebrantable: «No tienen dinero. No tienen armada. No tienen fuerza aérea. No les pagan a sus soldados. No les pagan a sus policías. Tienen una inflación del 350 %. Así que ya veremos qué pasa». Mientras tanto, el Fondo Monetario Internacional pronostica una inflación de alrededor del 70 % en Irán para 2026, cifra que refleja el colapso de la moneda nacional. Pero ningún ejemplo reciente muestra un régimen represivo derrumbándose únicamente bajo presión económica.
Sin embargo, en Irán, las señales de preocupación se multiplican. El viernes, el presidente Massoud Pezeshkian declaró que "la guerra debe terminar tarde o temprano", al tiempo que reconoció las dificultades económicas del país. El día anterior, Mohammad Bagher Ghalibaf, presidente del Parlamento y principal negociador de Irán, había advertido: "Por muy fuerte que sea nuestro ejército, si la población padece hambre y carecemos de liquidez, crecimiento económico y producción nacional, no podremos sobrevivir".
Washington tampoco se encuentra en una posición de fuerza. Desde el inicio de las hostilidades, los precios de la gasolina han subido en Estados Unidos, las reservas de municiones han disminuido y Teherán ahora controla el estrecho de Ormuz, un control que antes no tenía. A pocos meses de unas elecciones cruciales, las posibilidades de que la situación mejore significativamente parecen, según el diario suizo Le Temps, "prácticamente nulas".
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