Si bien los debates sobre el clima a menudo se centran en la responsabilidad de las actividades humanas, el potente fenómeno de El Niño que se está desarrollando actualmente en el Pacífico nos recuerda una realidad fundamental de la climatología: el sistema climático depende tanto de las tendencias subyacentes vinculadas a las actividades humanas como de poderosos mecanismos naturales capaces de alterar, a veces drásticamente, las temperaturas y las precipitaciones de un año a otro.
Según La Chaîne Météo (The Weather Channel), que se basa principalmente en las últimas proyecciones climáticas disponibles, El Niño se intensificó considerablemente durante el verano de 2026. En un artículo publicado el 21 de agosto, el meteorólogo Régis Crépet sugiere ahora una probabilidad superior al 90 % de que el fenómeno alcance una intensidad "muy fuerte" durante el otoño e invierno de 2026-2027. En el Pacífico ecuatorial oriental, las anomalías de la temperatura del océano alcanzaron localmente hasta +2,9 °C en julio. La Chaîne Météo incluso destaca la posibilidad de un evento de intensidad histórica.
Estas observaciones no son casos aislados. El 31 de julio, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) también confirmó que se estaba desarrollando un fuerte fenómeno de El Niño y que se esperaba que continuara intensificándose. La organización internacional considera que este fenómeno tendrá un impacto en los patrones climáticos globales, sobre todo al aumentar la probabilidad de temperaturas superiores a lo normal en muchas regiones y al alterar significativamente los patrones de precipitación.
El Niño, un gigantesco mecanismo natural
El Niño no es causado por la actividad humana. Pertenece al fenómeno natural denominado ENSO (Oscilación del Sur de El Niño), que corresponde a variaciones periódicas en las temperaturas superficiales del océano Pacífico tropical y la circulación atmosférica asociada. La OMM señala que estos episodios generalmente ocurren cada dos a siete años y suelen durar de nueve a doce meses.
Sin embargo, este mecanismo puede tener consecuencias considerables a escala global. El calentamiento inusual de una vasta área del océano Pacífico altera los vientos alisios, la convección tropical y, por consiguiente, una parte de la circulación atmosférica global. Algunas regiones pueden experimentar un aumento de las precipitaciones e inundaciones, mientras que otras pueden sufrir sequías o temperaturas anormalmente altas.
Esto demuestra precisamente lo simplista que sería explicar cada anomalía meteorológica o variación anual de la temperatura únicamente mediante la actividad humana. Los océanos, los volcanes, las variaciones de la circulación atmosférica, El Niño y La Niña también son factores climáticos naturales. El IPCC reconoce explícitamente esta variabilidad natural: su trabajo distingue entre influencias antropogénicas, forzamientos naturales (como la actividad volcánica o solar) y la variabilidad interna del sistema climático, de la cual El Niño es uno de los ejemplos más significativos.
La historia reciente ofrece un ejemplo particularmente llamativo. Según la OMM, el calor global récord de 2024 fue resultado de una combinación de concentraciones excepcionalmente altas de gases de efecto invernadero y varios factores naturales, incluido El Niño. La organización subraya que este fenómeno natural contribuyó a amplificar temporalmente las temperaturas, pero no pudo explicar por sí solo su nivel excepcional.
El Niño 2026, un recordatorio del poder de los fenómenos naturales.
En Francia, el propio canal meteorológico La Chaîne Météo insta a la cautela. Ni siquiera un fenómeno excepcional de El Niño puede predecir el invierno de 2026-2027. Y esto es precisamente lo que nos recuerda hasta qué punto el clima sigue estando sujeto a multitud de poderosos mecanismos naturales: el estado del Atlántico Norte, la posición de la corriente en chorro, los patrones de bloqueo atmosférico, la circulación estratosférica, las temperaturas oceánicas y las interacciones entre el océano y la atmósfera. Todos estos parámetros naturales son capaces de alterar profundamente las temperaturas y las precipitaciones de una estación a otra.
El inminente fenómeno de El Niño constituye, por tanto, una demostración espectacular de la considerable influencia que aún ejerce la variabilidad natural sobre el clima de la Tierra. Un calentamiento masivo del océano Pacífico, sin origen humano directo, puede por sí solo reorganizar una parte de la circulación atmosférica global, modificar los patrones de precipitación, provocar sequías en algunas regiones, inundaciones en otras y contribuir a las fluctuaciones de la temperatura media global.
Esta realidad nos recuerda que sería demasiado simplista atribuir cada ola de calor, cada invierno suave, cada sequía o cada anomalía climática únicamente a la actividad humana. El clima no es un mecanismo controlado por un solo factor. Los fenómenos naturales siguen desempeñando un papel fundamental y pueden, durante periodos de varios meses o incluso años, amplificar, enmascarar o alterar significativamente las tendencias observadas.
Esto no significa que la influencia humana en el calentamiento a largo plazo sea inexistente o secundaria: al contrario, el consenso científico establece su papel fundamental en la tendencia observada desde la era industrial. Sin embargo, esta tendencia subyacente coexiste con una variabilidad natural extremadamente poderosa, que los debates públicos a veces tienden a subestimar cuando buscan una causa inmediata para cada fenómeno meteorológico.
El fenómeno de El Niño 2026 podría ilustrar esto en la práctica. Si bien los seres humanos influyen en el clima actual, no controlan ni explican todas sus variaciones. Los océanos, las principales corrientes atmosféricas, los ciclos naturales y las complejas interacciones del sistema terrestre siguen siendo capaces de alterar temporalmente el clima global a gran escala. Es esta combinación de influencia humana y fuerzas naturales la que debemos tener presente para comprender verdaderamente el cambio climático.
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