Era el 8 de julio: León I detuvo a Atila a las puertas de Roma.
Era el 8 de julio: León I detuvo a Atila a las puertas de Roma.

El 8 de julio de 452, el papa León I partió de Roma en una solemne procesión al frente de una delegación para reunirse con Atila, rey de los hunos, cuyos ejércitos habían estado asolando el norte de Italia desde principios de año. El encuentro tuvo lugar cerca de Mantua, a orillas del río Mincio. Ambos hombres conversaron en latín. Tras este encuentro, Atila abandonó su marcha hacia Roma y retiró sus tropas a Panonia, actual Hungría, donde murió al año siguiente. Lo que Flavio Aecio y sus legiones no habían logrado, un papa desarmado lo consiguió con la sola fuerza de su palabra. El acontecimiento impresionó profundamente a la gente de la época, que lo vio como una prueba contundente de la protección divina concedida a la Iglesia de Roma.

Atila, el azote de Dios

Para comprender el impacto de este encuentro, es necesario entender el terror que Atila inspiraba en la Europa del siglo V. Desde las estepas de Asia Central, los hunos arrasaron Europa, aniquilando a los pueblos bárbaros a su paso y doblegando al ya moribundo Imperio Romano de Occidente. Atila, que había reinado desde el 434, era un caudillo de formidable brutalidad e inteligencia, a quien sus contemporáneos cristianos apodaron el «Azote de Dios», es decir, el instrumento del castigo divino que azotaba a quienes se habían desviado de las enseñanzas de la Iglesia. En el 451, invadió la Galia, pero fue rechazado en la batalla de los Campos Cataláunicos por una coalición romano-visigoda. En el 452, cruzó los Alpes y se apoderó de Aquilea, a la que arrasó por completo, impidiendo que volviera a resurgir. Verona, Milán y Pavía cayeron sucesivamente. Sin embargo, curiosamente, Atila ya había perdonado otras ciudades a petición de clérigos: el año anterior, había retrocedido ante Troyes tras las súplicas del obispo San Lupo, y se había abstenido de atacar París, donde Santa Genoveva estaba movilizando a la población para la resistencia. Su temor al castigo divino, real o fingido, era parte integral de la psicología del líder huno.

La victoria de la tiara sobre la espada.

La tradición cristiana ha interpretado la Batalla del Mincio como algo mucho más que un acto diplomático. Según la leyenda, Atila quedó aterrorizado por la aparición milagrosa de los apóstoles Pedro y Pablo, blandiendo espadas sobre el Papa, y fue esta visión celestial la que lo obligó a retirarse. Rafael inmortalizó esta escena en un monumental fresco encargado por el Papa Julio II para el Vaticano, terminado en 1514, donde León I avanza serenamente mientras los hunos se retiran, atónitos por la aparición. Las verdaderas razones de la retirada de Atila fueron probablemente más prosaicas: el hambre y las enfermedades asolaban su ejército tras meses de campaña, los refuerzos del Imperio Romano de Oriente amenazaban su retaguardia, y la lección de la Batalla de los Campos Cataláunicos aún estaba fresca. Sin embargo, el significado simbólico del acontecimiento fue inmenso para la Iglesia Católica Romana. León I, quien ya había afirmado su autoridad teológica en el Concilio de Calcedonia en 451 al lograr la adopción del dogma de la doble naturaleza de Cristo, acababa de demostrar que el obispo de Roma podía actuar donde los emperadores ya no podían. De este modo, sentó las bases de la autoridad papal universal que sus sucesores tardarían siglos en desarrollar plenamente.

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