La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) acaba de anunciar que un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz podría desencadenar una crisis alimentaria sistémica y, en los próximos 6 a 12 meses, una grave crisis mundial de precios de los alimentos. El bloqueo de esta vía marítima estratégica afecta indirectamente los costos de producción, transporte y distribución de productos agrícolas esenciales. La interrupción del tráfico en esta zona elevaría los costos del transporte marítimo, perturbaría las cadenas de suministro e incrementaría el consumo de energía en la agricultura, el riego, el procesamiento de alimentos y el transporte de mercancías. Estos efectos se extenderían gradualmente a todos los mercados alimentarios internacionales.
Cereales, fertilizantes, transporte: una temida reacción en cadena
El principal peligro reside en la cadena de consecuencias. Un aumento prolongado de los costes energéticos incrementaría inevitablemente el precio de los fertilizantes, cuya producción depende en gran medida del gas natural. Los agricultores se enfrentarían entonces a mayores costes de producción, lo que podría reducir las cosechas o obligarlos a posponer compras esenciales. Al mismo tiempo, las interrupciones en las rutas marítimas podrían alargar los plazos de entrega y aumentar las primas de los seguros, especialmente para los buques que operan en zonas de alto riesgo. Estos costes adicionales acabarían repercutiendo en los precios de los cereales, los aceites vegetales, los productos procesados y las importaciones de alimentos básicos.
Países importadores en primera línea
Las economías más vulnerables serían aquellas que dependen en gran medida de las importaciones de alimentos y energía. Para estos países, un aumento simultáneo en los precios del combustible, el transporte y los productos básicos podría desestabilizar rápidamente las finanzas públicas y el poder adquisitivo de los hogares. Las poblaciones urbanas pobres estarían particularmente expuestas, ya que destinan una parte significativa de sus ingresos a la alimentación. Un aumento prolongado de los precios podría agravar la inseguridad alimentaria, generar tensiones sociales y complicar las operaciones humanitarias en regiones ya de por sí frágiles.
Evite las restricciones a la exportación
Para limitar el riesgo de una demanda descontrolada, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) insta a la prudencia en lo que respecta a las restricciones a las exportaciones. En periodos de tensión, algunos países productores podrían verse tentados a proteger sus mercados internos limitando sus ventas al exterior. Sin embargo, tales medidas pueden exacerbar el pánico en los mercados mundiales y provocar un aumento aún mayor de los precios. Por lo tanto, la prioridad debe ser mantener la libre circulación del comercio, evitar decisiones unilaterales abruptas y preservar la confianza entre los países productores, los importadores y demás actores del comercio internacional.
Rutas alternativas y reservas estratégicas
La organización también recomienda establecer rutas comerciales alternativas para reducir la dependencia de las rutas más expuestas. Si bien estos desvíos pueden ser más largos y costosos, permitirían mantener algunos flujos esenciales y evitar interrupciones en el suministro. Asimismo, se presenta como una herramienta de estabilización la acumulación de reservas alimentarias y logísticas. Estas reservas podrían ayudar a los países a absorber temporalmente el aumento de los costos de transporte y mitigar las presiones sobre los mercados internos.
Protección de los flujos humanitarios
La continuidad de las operaciones humanitarias es otro aspecto crucial. En varias regiones que dependen de la ayuda alimentaria, el aumento de los costos de transporte o las interrupciones en las rutas comerciales podrían retrasar la entrega de bienes esenciales. Por lo tanto, proteger estos flujos es fundamental para evitar que la crisis de precios se convierta en una grave crisis alimentaria en las zonas más vulnerables.
Un riesgo global que debemos vigilar ahora.
El riesgo no se manifestaría de inmediato en toda su magnitud, sino que podría desarrollarse gradualmente. Los efectos de un cierre prolongado del Estrecho de Ormuz se manifestarían por etapas: aumento de los precios de la energía, incremento del costo de los fertilizantes, dificultades en el transporte de mercancías, mayores costos agrícolas y, posteriormente, un efecto dominó en los precios de los alimentos. Es precisamente este desfase temporal de 6 a 12 meses lo que resulta preocupante. Si bien ofrece una oportunidad, esta podría esfumarse rápidamente si persisten las tensiones y si los Estados reaccionan de forma desorganizada.
Por lo tanto, la FAO hace un llamamiento a una respuesta preventiva: diversificar las rutas, evitar las restricciones comerciales, garantizar la ayuda humanitaria y fortalecer las reservas. El objetivo es claro: evitar que una crisis geopolítica y marítima se convierta en una crisis alimentaria mundial.
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