En Hagondange, Mosela, se arrió la bandera de la acería, símbolo inequívoco del cierre, ya confirmado. Tras varios meses de suspensión de pagos bajo administración judicial, se ha dictado sentencia: la planta cierra definitivamente. Novasco, gigante siderúrgico en crisis crónica, ve paralizadas sus operaciones en tres de sus cuatro plantas francesas. La decisión se cobra casi 550 empleos, 450 de ellos solo en la planta de Mosela. Un shock industrial, pero sobre todo humano, que ha reavivado la sensación de injusticia y la ira entre los empleados y los cargos electos locales. La adquisición parcial del grupo por parte del fondo británico Greybull ofreció solo un respiro ilusorio. El tribunal aprobó la oferta del comprador, pero esta se limita a mantener las operaciones en Dunkerque. En Hagondange, supone el fin de todo un capítulo de la historia industrial local. Para algunos trabajadores, este cierre marca el fin de una tradición familiar en la industria siderúrgica, con generaciones enteras que han pasado tiempo en los talleres de la acería. A pesar de los intentos desesperados de los sindicatos por revivir proyectos alternativos u obtener apoyo estatal, el hacha ha caído.
El apoyo público que se convierte en una debacle industrial
El asunto está tomando un giro político tenso. Greybull, que adquirió Novasco en 2024 con respaldo financiero estatal, está siendo criticada por una inversión significativamente inferior a la prevista. De los 90 millones de euros prometidos, solo se han pagado 15,5 millones, según el gobierno. El Ministro Delegado de Industria considera este déficit intolerable, alegando un perjuicio directo para la región y los empleados implicados. No obstante, el Estado había inyectado 85 millones de euros para apoyar la adquisición, con la esperanza de salvar una empresa estratégica productora de acero bajo en carbono. Ante estas acusaciones, Greybull se defiende, declarando en un comunicado de prensa que ha cumplido sus compromisos. El grupo describe la situación de la empresa como mucho más crítica de lo previsto, alegando debilidades estructurales en lugar de falta de financiación. Esta postura está causando considerable irritación en la población, donde crece la indignación por lo que parece ser un engaño deliberado. Los empleados denuncian una operación orquestada a distancia, carente de una verdadera visión industrial y de respeto por la experiencia local. Su sensación: la de haber sido sacrificados en un ejercicio contable, muy alejado de las realidades de la producción.
La lucha se está desplazando ahora hacia la esfera social.
Los 550 empleados despedidos se movilizan para obtener una compensación acorde con el impacto: primas excepcionales, mayor apoyo y unidades de redistribución adecuadas. Los sindicatos denuncian un desmantelamiento industrial evitable y exigen responsabilidades. En Hagondange, la amargura es aún mayor porque la planta encarnaba una producción innovadora, con el acero descarbonizado promocionado como modelo para el futuro. En tan solo unos meses, lo que todavía era un pilar de la transición industrial se ha convertido en un páramo floreciente. Se espera que el caso dé un nuevo giro en los tribunales. El gobierno está considerando emprender acciones legales contra Greybull, acusada de incumplir sus compromisos de inversión. Queda por ver si estos largos e inciertos procedimientos conducirán a algo más que arrepentimiento. Para los empleados de Novasco, la página ya ha sido dolorosamente pasada.