Con la llegada de las fiestas, Marsella celebra una vibrante tradición: la elaboración artesanal de santones. Auténticos iconos provenzales, estas figuras dan vida a la feria más antigua de Francia, en el corazón del Puerto Viejo, y demuestran un saber hacer único transmitido durante más de dos siglos.
Un oficio histórico nacido en Marsella
El santon, tal como lo conocemos hoy, se originó en Marsella a finales del siglo XVIII, en el barrio de Panier. Jean-Louis Lagnel, considerado el padre del santon provenzal, elaboraba pequeñas figuras de barro que representaban la Natividad, así como oficios y personajes cotidianos. A diferencia de los belenes religiosos tradicionales, el belén provenzal abarca un pueblo entero en miniatura: un molinero, un panadero, un monje, un panderero, un sacerdote e incluso un jugador de petanca o un pizzero encuentran su lugar junto a la Sagrada Familia.
Lejos de ser estáticos en sus roles, estos personajes encarnan un vibrante homenaje a los oficios tradicionales y a las escenas de la vida cotidiana. Entre ellos, "Lou Ravi", con los brazos alzados al cielo, simboliza la maravilla pura. Este "tonto del pueblo", desprovisto de posesiones materiales, solo ofrece su alegría. Se ha convertido en una figura icónica y da nombre a la expresión "encantado en el pesebre".
La Feria del Belén: una muestra de artesanía viva
Cada año, desde 1803, la Feria del Santon de Marsella se celebra de noviembre a principios de enero en el Puerto Viejo. Este evento, inaugurado con fanfarrias, panderetas y una misa provenzal, atrae a más de 40.000 visitantes que vienen a admirar y adquirir las creaciones de un centenar de talleres de la región. Todos los artesanos del santon expositores han firmado una carta que garantiza una producción 100 % local.
En talleres como el de Christophe Hernandez, artesano del Atelier Arterra, la producción de santones aún respeta las técnicas ancestrales: arcilla prensada en moldes de yeso centenarios, secada al aire, horneada a 980 °C durante diez horas y, finalmente, meticulosamente decorada a mano. La demanda se dispara con la llegada de las fiestas, un período crucial para la supervivencia económica de estos artesanos. «Es lo que nos garantizará el sueldo todo el año», confiesa Marie-Jo Garcia, decoradora.
Con el paso de las décadas, la tradición se ha enriquecido: escenas inspiradas en las novelas de Pagnol, figuras contemporáneas o humorísticas, e incluso personalidades como Lino Ventura, han enriquecido las colecciones. Algunos entusiastas, como Nadine, coleccionista desde hace 33 años, poseen más de 350 y dedican varias semanas a montar un belén que se ha convertido en un auténtico pueblo en miniatura.