OpenAI, la empresa matriz de ChatGPT, ha publicado un documento de 13 páginas con el título programático: «Política industrial en la era de la inteligencia: Ideas para priorizar a las personas». El texto busca describir los riesgos a corto plazo y prepararse para lo que la empresa denomina la «era de la superinteligencia». Su ambición declarada es «acceso a la IA para todos», con normas y mecanismos de seguridad para evitar que los beneficios se concentren en unos pocos. Frase a frase, queda claro que el problema ya no es solo tecnológico; es social, económico y casi cultural. Y cuando las máquinas se vuelvan omnipresentes, será la vida cotidiana del lector la que se verá afectada.
Cuando Silicon Valley habla como un ministerio
Lo que llama la atención es el terreno elegido: OpenAI no se conforma con hablar de modelos y capacidad de procesamiento; la empresa desafía directamente a los gobiernos. Horarios laborales, redistribución, impuestos, regulación… el documento incluso plantea la idea de una semana laboral de 32 horas, una vieja tentación política que resurge ante la promesa de un aumento de la productividad. Sam Altman defiende esta postura y explica que quiere detallar cómo los estados podrían regular y gravar los beneficios asociados a la IA, al tiempo que aceleran el despliegue de sus productos. El mensaje es ingenioso, casi ambiguo: «establecer normas», pero con rapidez y de forma que no se frene la innovación.
En Europa, este momento coincide con la implementación gradual de la regulación de la IA, aprobada en 2024, con su conjunto de restricciones y categorías de riesgo. En Francia, donde la semana laboral de 35 horas sigue siendo la norma, la mera mención de una semana de 32 horas reaviva de inmediato el debate sobre la participación en los beneficios, la financiación del modelo social y la competitividad, un tema que rara vez genera controversia. Detrás de las buenas intenciones declaradas se esconde una realidad innegable: los gigantes tecnológicos buscan influir en marcos regulatorios aún maleables, convencidos de que quienquiera que redacte las normas ya tiene una ventaja significativa. Queda por ver cómo responderán las autoridades públicas a esta iniciativa, atrapadas entre la cautela política y la carrera global por la IA.
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