Se insta al sector de la vivienda social a dejar atrás el gas y a marcar el rumbo hacia 2050.
Se insta al sector de la vivienda social a dejar atrás el gas y a marcar el rumbo hacia 2050.

Se están produciendo cambios en los sistemas de calefacción de las viviendas sociales. A principios de abril, el gobierno estableció un objetivo claro: eliminar gradualmente la calefacción a gas en dos millones de viviendas sociales para 2050. La idea se resume en una frase: proteger a los inquilinos de las facturas que fluctúan drásticamente según las condiciones del mercado y las tensiones geopolíticas, especialmente en Oriente Medio. Y el plazo ya se está acelerando; el gobierno planea prohibir la instalación de calderas de gas en las nuevas construcciones a partir de finales de año.

En los pasillos de las autoridades de vivienda, se percibe un cambio de política. Durante años, el gas fue la opción predilecta para edificios de apartamentos: fácil de instalar, transparente y, a menudo, más económico en su momento. Sin embargo, la situación ha cambiado. El aumento anunciado del 15,4 % en el precio de referencia del gas, que entrará en vigor el 1 de mayo para tres cuartas partes de los abonados, añade una carga adicional a los gastos y reaviva una preocupación fundamental: la de los hogares sin flexibilidad financiera.

En Évry, la transición tiene un precio.

En Évry, la transición energética está dando sus frutos. En la residencia Pyramides de Essonne, 152 apartamentos gestionados por 1001 Vies Habitat se han conectado recientemente a la red de calefacción urbana. El coste anunciado es de 370.000 €. La empresa promotora destaca que el consumo energético previsto para 2025 será un 31 % inferior al de una vivienda calentada exclusivamente con gas, una cifra que, sobre el papel, resulta sin duda convincente. La ministra de Transición Ecológica, Monique Barbut, tiene previsto visitar las instalaciones el martes 21 de abril, lo que demuestra que el gobierno quiere mostrar resultados concretos, no solo gráficos y objetivos lejanos.

La clave del asunto sigue siendo el dinero, y rara vez falta en este tipo de transición. Los propietarios solicitan apoyo público para financiar la reconversión, dado que el sector tiene un capital limitado y los alquileres están regulados. Sobre todo, exigen sistemas estables, capaces de resistir cambios de gobierno; una forma educada de decir que al sector de la construcción no le gustan las políticas erráticas. En la práctica, las soluciones varían: redes de calefacción urbana, donde existen, a menudo alimentadas por energía geotérmica, incineración de residuos o biomasa, y bombas de calor según la configuración del edificio.

La realidad cotidiana persiste, la que el lector conoce bien: una disminución del consumo no siempre se traduce en una reducción inmediata de la factura. Los inquilinos entrevistados mencionaron una calefacción limitada y ahorros difíciles de percibir, como si la promesa se perdiera en la configuración y la distribución de los costos. El gobierno, por su parte, promueve un símbolo diferente: un millón de bombas de calor al año para 2030, «fabricadas en Francia», con la promesa de reducir a la mitad los costos de calefacción; una ambición que requiere fábricas, instaladores, mantenimiento y tiempo, precisamente el tiempo que las facturas nunca proporcionan.

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