Este martes 7 de abril, Lyon se convierte en una capital mundial de la salud. Jefes de Estado y de Gobierno, organizaciones internacionales, parlamentarios, científicos, agentes económicos… todos estos actores se reúnen en la Cumbre «Una Salud», con una idea fundamental que destacar, casi demasiado simple para resultar cómoda: la salud humana ya no puede tratarse de forma aislada. El enfoque «Una Salud» busca reincorporar el medio ambiente a la ecuación, y no solo como una nota a pie de página.
Nacida a principios de la década de 2000 y posteriormente adoptada por las instituciones de la ONU, esta doctrina ha ido tomando forma gradualmente en torno a una definición común: los daños a los seres humanos, los animales domésticos y salvajes, las plantas y los ecosistemas pueden reforzarse mutuamente y desencadenar reacciones en cadena. Actualmente, la iniciativa está liderada por un grupo cuatripartito integrado por la OMS, la FAO, la Organización Mundial de Sanidad Animal y el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente. Esta importante alianza indica que el tema ya no es solo un eslogan para conferencias, sino un principio rector que algunos desean ver incorporado a las políticas públicas.
"Una sola salud", tres frentes para luchar
La primera advertencia, que se repite constantemente, son las zoonosis. El argumento es conocido, pero cobra mayor relevancia con cada crisis. La Organización Mundial de Sanidad Animal nos recuerda que el 60 % de los patógenos responsables de enfermedades humanas provienen de animales domésticos o salvajes. El origen de la COVID-19 sigue siendo objeto de debate, y es precisamente aquí donde el enfoque de Una Salud busca consolidarse: en la intersección entre la fauna silvestre, el ganado y las poblaciones humanas, donde la vigilancia es costosa, a veces inconveniente, y donde la inacción, en última instancia, tiene un precio mucho más alto.
Otro problema, menos llamativo pero innegablemente real, es la resistencia a los antibióticos. Si bien salvan vidas, su uso tanto en la salud humana como en la ganadería acelera la adaptación bacteriana y, por consiguiente, la propagación de la resistencia entre los microbiomas humanos y animales, posiblemente a través del medio ambiente. Investigadores del INRAE señalan que su uso generalizado en la producción animal fomenta estos mecanismos y que una estrategia eficaz exige dejar de tratar por separado lo que se refuerza mutuamente. Esto cambia el enfoque: el énfasis ya no está simplemente en el tratamiento, sino en la prevención del daño.
El tercer pilar permanece, a menudo relegado a un segundo plano: la contaminación. Metales pesados, pesticidas, disruptores endocrinos, PFAS… la lista dista mucho de ser abstracta si tenemos en cuenta que la OMS estima que aproximadamente el 20 % de las muertes por enfermedades en todo el mundo están relacionadas con perturbaciones ambientales. François Criscuolo, director de investigación del CNRS, aboga por un «cambio en nuestra manera de abordar la salud» mediante la reintegración del medio ambiente en el análisis de riesgos: una declaración serena, casi burocrática, pero que supone una ruptura con el pasado. Tras Lyon, la cuestión no radicará tanto en si el concepto resulta atractivo, sino en quién está dispuesto a pagar el precio político, el precio de los compromisos y las concesiones.
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