La crioterapia, reservada durante mucho tiempo al ámbito médico y a ciertos atletas de élite, está ganando popularidad entre el público general. Esta técnica consiste en exponer el cuerpo a temperaturas extremadamente bajas, a veces de hasta -140 °C durante unos minutos, para aliviar el dolor y la inflamación o favorecer la recuperación física.
Utilizada tras un esfuerzo físico intenso o en el contexto de ciertas afecciones crónicas, la crioterapia es especialmente valorada por sus efectos analgésicos y antiinflamatorios. Varios especialistas también mencionan mejoras en el sueño, el estado de ánimo y la recuperación muscular, si bien la evidencia científica aún es incompleta respecto a algunos de los beneficios que afirman los centros especializados.
Una práctica regulada que no está exenta de riesgos.
Sin embargo, los profesionales sanitarios recalcan que la crioterapia no es una cura milagrosa. El Inserm señala que la eficacia de esta práctica sigue demostrándose de forma desigual según las indicaciones médicas, mientras que algunas afirmaciones comerciales sobre la pérdida de peso o el "bienestar general" carecen de suficiente respaldo científico.
La exposición al frío extremo también puede suponer riesgos para ciertas personas, en particular para aquellas con problemas circulatorios, cardíacos o respiratorios. Por ello, los expertos recomiendan una estrecha supervisión médica y recalcan que las sesiones deben ser muy breves para evitar la hipotermia, las quemaduras o los desmayos.
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