El cloro utilizado en las piscinas ayuda a limitar el crecimiento bacteriano y a reducir el riesgo de transmisión de ciertas infecciones. En las concentraciones normalmente permitidas, no supone una amenaza importante para la piel sana. Sin embargo, la exposición repetida o prolongada puede dañar la película hidrolipídica que protege la epidermis, provocando tirantez, sequedad, picazón o enrojecimiento después de nadar.
Las personas con piel sensible, eccema, dermatitis atópica o ciertas alergias son más propensas a la irritación. Las reacciones atribuidas al cloro no siempre son alergias reales; a menudo están relacionadas con su efecto desecante o con las cloraminas que se forman cuando el producto entra en contacto con el sudor y otras sustancias orgánicas. El agua con un equilibrio químico inadecuado también puede aumentar las molestias en la piel e irritar los ojos o las vías respiratorias.
¿Cómo proteger tu piel del cloro?
Antes de nadar, es recomendable ducharse para humedecer la piel y limitar la absorción del agua clorada. Al salir de la piscina, enjuague bien con agua dulce, use un limpiador suave y seque la piel sin frotar. Aplicar una crema hidratante o emoliente ayudará a restaurar la barrera cutánea. El Seguro Nacional de Salud francés (Assurance Maladie) recomienda específicamente esta rutina de enjuague e hidratación para personas propensas al eccema. ( Ameli)
Se recomienda evitar la natación temporalmente si se tiene una herida abierta, irritación importante, una infección cutánea o un tatuaje en proceso de cicatrización. Si las manchas rojas, quemaduras, grietas o picazón persisten a pesar del enjuague e hidratación, es recomendable consultar a un médico o dermatólogo. Es necesario buscar atención médica de inmediato si las lesiones se extienden, se vuelven dolorosas, presentan signos de infección o se acompañan de dificultad para respirar.
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