En la década de 1970, el cineasta israelí Uri Zohar presentó un cortometraje humorístico en el que dos hombres árabes, de pie en una playa de Palestina, insultaban a un barco que transportaba inmigrantes judíos de Rusia a medida que se acercaba. Luego, estos inmigrantes rusos, de pie en la misma playa, insultaban a otro barco que transportaba inmigrantes de Polonia. Este patrón se repetía, con cada grupo de inmigrantes insultando a los que le seguían, como los polacos burlándose de los alemanes y viceversa. Finalmente, los alemanes insultaron a un barco que transportaba inmigrantes del norte de África.
Presumido étnico
Este cortometraje podría, aunque no sea la intención del director, reconocer la presencia árabe en esta región. Pero lo que Zohar parece querer enfatizar es que este tipo de conflicto, este rechazo del otro, es una característica compartida por todos los países de inmigración. Es también la historia de Estados Unidos, Australia y Canadá: naciones construidas sobre la promesa de tierras de ensueño, pero también sobre la ilusión, el colonialismo y la fabricación de una identidad ficticia.
Uri Avnery, escritor israelí, describió este fenómeno en Israel como extraño. Plantea la pregunta de cómo Israel, un Estado fundado en una ideología nacional judía, puede permitirse dividir a sus propios grupos étnicos cuando todos son judíos. Sin embargo, la historia y la sociología demuestran que cuanto más diversa es una sociedad, más difícil resulta mantener su unidad. Cada grupo busca defender sus propios intereses e identidades, y a medida que la unidad se debilita, las identidades subordinadas cobran protagonismo, lo que aumenta el riesgo de divisiones internas y rebeliones.
Este fenómeno queda bien ilustrado por el incidente ocurrido durante una reunión del Gabinete israelí el 23 de marzo de 2025, donde se produjo un intercambio verbal y físico entre el ministro de Seguridad Nacional, Itamar Ben-Gvir, y Ronen Bar, exdirector del Shin Bet. No se trató simplemente de un conflicto personal, sino de una muestra de la intensificación de la lucha entre la extrema derecha y las instituciones de seguridad que buscan preservar su independencia.
Un fenómeno agravado por la "inundación"
El ataque del 7 de octubre de 2023 demostró claramente la incapacidad del Estado de Israel para garantizar la seguridad y la estabilidad de sus ciudadanos. La doctrina de defensa israelí, centrada en la defensa preventiva y el ataque en territorio enemigo, no ha logrado proteger a los civiles. Este día destruyó el mito de la seguridad en Israel, enviando el mensaje de que la fuerza militar por sí sola no puede garantizar la estabilidad y que una solución de paz justa es esencial.
El impacto en las instituciones militares
Además, los acontecimientos revelaron una creciente división dentro del ejército israelí. El ataque a la base militar de Sde Taiman por parte de extremistas israelíes demostró que estos grupos ahora consideran que la ley y el Estado están subordinados a su propia interpretación de los valores. Este sentimiento de superioridad podría eventualmente extenderse a otras ramas del ejército.
Las raíces profundas del conflicto interno israelí
Las tensiones actuales son inseparables del pasado de Israel. El dominio de la élite asquenazí sobre la política y la cultura del país, a pesar de su relativamente reducido número, es una de las causas fundamentales de las divisiones internas. La división histórica entre judíos sefardíes y asquenazíes persiste, al igual que la división entre religión y secularidad, que se originó en el siglo XVIII y sigue influyendo en la sociedad israelí.
Un futuro incierto
A pesar de las crecientes tensiones internas, es difícil predecir una guerra civil en Israel. Las divisiones son evidentes, pero el país se mantiene en gran medida estable, aunque bajo tensión. Sin embargo, con una sociedad cada vez más armada y violenta, el riesgo de violencia interna podría aumentar en ausencia de un liderazgo unificado y consensuado.
Esta traducción y paráfrasis reflejan la complejidad de la situación actual en Israel,
Guerra civil en Israel: ¿un destino inevitable?