Veinticinco años después del fin de la cohabitación de 1997-2002, el nombre de Lionel Jospin resurge en las conversaciones políticas, como una vieja fotografía que se saca a relucir cuando aumentan las tensiones. El contexto es significativo: tras las elecciones municipales, los partidos de izquierda se enfrentan entre sí por las alianzas, las reglas del juego y la línea común, si es que existe alguna. En 1997, todo comenzó con una apuesta de Jacques Chirac: la disolución del Parlamento, su derrota en las elecciones legislativas y la llegada de Jospin a Matignon con una mayoría denominada "izquierda plural", que reunía a socialistas, comunistas, verdes, partidarios del Chevènement y radicales de izquierda.
Este recuerdo no es meramente nostálgico; sirve como argumento en las batallas actuales. Jean-Luc Mélenchon, exministro de este gobierno, destaca la semana laboral de 35 horas y la negativa a elevar la edad de jubilación, dos hitos que se han convertido en símbolos para una izquierda en busca de pruebas. François Hollande, por su parte, defiende la idea de una coalición cohesionada, «estructurada por una línea común» y disciplina; en otras palabras, algo más que una simple colección de retórica y sensibilidades. También se aprecia, implícitamente, la brecha entre esta dinámica del pasado y las tensiones actuales, donde cada partido teme ser absorbido por el otro.
Un recuerdo de una comida comunitaria, no de un plato recalentado.
Los relatos contemporáneos nos recuerdan que la coalición no surgió de la noche a la mañana, por un capricho. Ya en 1994, la Conferencia de Transformación Social, impulsada por el Partido Socialista (PS), reavivó el diálogo tras el desastre de 1993, mientras que el Partido Comunista (PCF) de Robert Hue buscaba distanciarse de su ideología obsoleta, Los Verdes se consolidaban dentro de una cultura de gobierno y el PS realizaba una revisión exhaustiva de los años de Mitterrand. Mediante convenciones temáticas, debates y ajustes, la "izquierda plural" se construyó paso a paso, con un objetivo simple: recuperar credibilidad para gobernar, no solo para protestar.
Una vez en el poder, sin embargo, la unidad pendía a menudo de un hilo en cuestiones como Europa, la seguridad, la industria, la energía nuclear y Córcega, hasta la dimisión de Jean-Pierre Chevènement como Ministro del Interior en 2000. El balance sigue siendo desigual: la semana laboral de 35 horas, las uniones civiles (PACS), la cobertura sanitaria universal (CMU), la paridad de género y el descenso del desempleo a finales de los 1990, pero también las privatizaciones y transformaciones de empresas públicas que avivaron las divisiones internas. Y luego llegó el brutal recordatorio del 21 de abril de 2002, la eliminación de Jospin en la primera vuelta, como un pitido final que lo cambió todo. En un momento en que la izquierda debate sus alianzas, la «izquierda plural» regresa, pues, no tanto como un modelo a imitar, sino como una prueba real: la de una coalición capaz de perdurar sin perder el rumbo.
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