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¡Qué vergüenza! Salah Abdeslam: el sistema judicial exige al Estado que ponga orden y facilite las condiciones de visita.

El tribunal administrativo ha ordenado una vez más al Estado que se relaje. Condiciones de visita de Salah AbdeslamCondenado a cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional por su participación en los atentados del 13 de noviembre de 2015, que causaron la muerte de 130 personas. Este lunes, dicha condena se ve ahora agravada por el pago de una multa, luego de que la administración penitenciaria se negara a acatar una orden inicial emitida el 1 de abril por el Tribunal Administrativo de Lille. 

Lo que el tribunal ya había dicho el 1 de abril

El 1 de abril, el Tribunal Administrativo de Lille no levantó el aislamiento de Abdeslam, pero sí ordenó que se restableciera el horario de visitas habitual, sin interfono. El juez dictaminó que la administración no había aportado pruebas suficientes para sospechar que los visitantes autorizados —familiares y su pareja— tuvieran la intención de entregarle objetos prohibidos. Asimismo, señaló que estas visitas se habían desarrollado, en su mayoría, sin incidentes desde 2016. 

¿De dónde provino el endurecimiento?

El endurecimiento de las medidas de seguridad se remonta a noviembre de 2025. Tras el hallazgo de una memoria USB en prisión, las visitas se trasladaron a salas equipadas con intercomunicadores, impidiendo así cualquier contacto físico. Según la fiscalía nacional antiterrorista, esta memoria contenía documentos relacionados con propaganda oficial del Estado Islámico o Al Qaeda, y presuntamente fue entregada durante una visita por la expareja de Salah Abdeslam, quien se encuentra investigada y encarcelada en relación con este caso. 

El núcleo del razonamiento jurídico

El punto crucial, desde el punto de vista legal, es el siguiente: el tribunal no afirmó que Abdeslam fuera un preso como cualquier otro, ni que no representara ningún riesgo. Afirmó algo distinto, y más comprometedor para el Estado: a la fecha de su decisión, aún no se había emprendido ninguna acción legal contra él en este caso específico relacionado con la memoria USB, y la administración no había aportado pruebas que justificaran el mantenimiento de un sistema tan engorroso, dado que las visitas seguían permitidas. En resumen, el juez sancionó una restricción considerada insuficientemente fundamentada. 

El estado tardó en cumplir, y ahí es donde la situación se vuelve explosiva.

El problema político comienza aquí. A pesar de la orden judicial del 1 de abril, la administración penitenciaria mantuvo el sistema de intercomunicación. Por lo tanto, los abogados de Abdeslam solicitaron nuevamente al tribunal que hiciera cumplir la sentencia inicial, exigiendo el pago de una multa. El propio juez presidente se mostró irritado durante la audiencia, recordando a todos que el Ministerio de Justicia tenía derecho a respetar una orden judicial. La información publicada el 20 de abril indica que finalmente se ordenó al Estado flexibilizar las restricciones de visitas bajo pena de multa. 

¿Por qué este caso está causando indignación?

Porque no se trata de un prisionero cualquiera. Salah Abdeslam es el único superviviente de los atentados del 13 de noviembre. El hecho de que obtenga, aunque sea en un punto limitado, un fallo favorable al Estado provoca inevitablemente indignación entre algunos ciudadanos y entre los familiares de las víctimas. Esta indignación es comprensible. Políticamente, la imagen es desastrosa: el Estado parece incapaz de mantener una postura jurídicamente sólida contra el terrorista más emblemático de Francia. 

Pero la verdadera vergüenza no es exactamente lo que pensamos.

Lo verdaderamente lamentable no es que la ley se aplique a Salah Abdeslam. En un Estado de derecho, incluso el peor criminal conserva ciertos derechos, y el juez supervisa la administración. Lo verdaderamente lamentable es que se le recuerde al Estado esta norma en un caso tan delicado, simplemente porque no logró presentar ante el tribunal una medida suficientemente razonada, individualizada y defendible. En otras palabras, el escándalo radica en que la administración perdió en un asunto en el que sabía que estaría bajo un intenso escrutinio. 

Las últimas detenciones no han hecho más que agravar la inquietud.

El caso se tornó aún más turbio con la detención, el 11 de abril, de familiares de Salah Abdeslam, entre ellos su madre y su hermana, cuando se dirigían a la sala de visitas en Vendin-le-Vieil. Fueron liberados sin comparecer ante un juez de instrucción, y los abogados defensores denunciaron una maniobra sucia para justificar el mantenimiento del sistema de intercomunicación. En esta etapa, esta acusación es una alegación de la defensa y no se basa en ningún hecho jurídico probado, pero contribuye a la sensación de confusión y manipulación institucional. 

Una pequeña victoria legal, un desastre simbólico de enormes proporciones.

Por lo tanto, debemos considerar dos verdades. Primera verdad: la decisión obviamente no exonera nada, no revoca su condena ni pone fin a su aislamiento. Segunda verdad: para el Estado, ser obligado a cumplir, bajo pena de multa, con una resolución relativa a las condiciones de las visitas de Salah Abdeslam representa un importante revés político, administrativo y simbólico. El país recordará menos la sutileza del razonamiento jurídico que esta cruda imagen: en el caso de un terrorista del 13 de noviembre, es una vez más el Estado el que ha sido reprendido.

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