Hacia un Atlántico a "cámara lenta": investigadores franceses alertan sobre la Gran Circulación Oceánica.
Hacia un Atlántico a "cámara lenta": investigadores franceses alertan sobre la Gran Circulación Oceánica.

Aquí tenemos un acrónimo que suena a contraseña, AMOC, y sin embargo se refiere a nuestro clima diario. Un equipo francés, en un estudio publicado en "Science Advances", estima que esta vasta circulación atlántica, a menudo confundida en el debate público con la Corriente del Golfo, podría ralentizarse mucho más para finales de siglo de lo que sugieren muchos modelos climáticos. En su escenario más optimista, la disminución alcanzaría aproximadamente el 50 % para el año 2100.

Los autores describen la perspectiva como "muy preocupante" sin anunciar un cierre total, pero el panorama es claro: este gran transportador de energía oceánica corre el riesgo de funcionar a la mitad de su capacidad, con todo lo que esto implica cuando el termómetro y los vientos dependen de un mecanismo tan colosal.

Un motor discreto, efectos muy tangibles.

Este sistema, que maneja volúmenes asombrosos (caudales comparables a decenas de millones de metros cúbicos por segundo), funciona como una planta de redistribución; el agua caliente asciende hacia el norte, se enfría, se vuelve más densa y luego se hunde a mayor profundidad, un ballet regulado por la temperatura y la salinidad.

Sin embargo, los climatólogos ya han observado indicios de una desaceleración desde el siglo XX, impulsada por el calentamiento global y la afluencia de agua dulce vinculada al deshielo de Groenlandia o a cambios en los patrones de precipitación, aunque su alcance exacto sigue siendo objeto de debate, dado que las mediciones directas continuas son recientes y la variabilidad anual es elevada. Un debilitamiento marcado podría afectar a las precipitaciones, las tormentas y el nivel del mar a escala regional, especialmente en la costa este de Estados Unidos, mientras que Europa Occidental monitorizaría sus patrones climáticos con menos certeza que antes. El IPCC considera improbable un colapso antes de 2100, sin descartarlo por completo, y la cuestión que surge, casi silenciosamente, es la de una nueva normalidad climática a la que tendremos que adaptarnos año tras año.

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