Una gran voz se ha silenciado. La soprano británica Felicity Lott ha fallecido a los 79 años, una figura excepcional del canto operístico, conocida en todo el mundo y, aún más singularmente, profundamente querida por Francia, sus escenarios y su público.
Dame Felicity Lott no era solo una estrella internacional. Poseía ese algo especial que no se puede enseñar: una forma de hacer resonar el francés con tal naturalidad, precisión y elegancia que avergonzaría a muchos hablantes nativos. En canciones de cámara, operetas, Offenbach o piezas más íntimas, daba la impresión de conversar en lugar de simplemente "impresionar" con su voz, gracias a una dicción impecable.
Una conexión discreta pero profunda con Francia.
Esta conexión con Francia la construyó pacientemente, a través de conciertos, producciones y una lealtad inquebrantable. París, los grandes teatros de ópera, los festivales, los directores de orquesta más importantes de este repertorio: todo se cruzó en su camino. Para sus admiradores, siempre será recordada como la intérprete capaz de pasar de la sonrisa a la melancolía en un instante, sin exagerar jamás, con una elegancia muy británica que complementaba a la perfección el espíritu francés.
Desde que se anunció su fallecimiento, se han esperado con impaciencia los homenajes institucionales, como suele ocurrir con este tipo de artistas: teatros de ópera, festivales, el mundo de la música. Ya circulan mensajes de colegas y compañeros de escenario, que a menudo repiten las mismas palabras, aquellas que se han convertido en sinónimo de su leyenda: «clase», «inteligencia», «arte del texto», como si cada uno intentara captar una parte de lo que dejó tras de sí.
El legado de la elegancia musical
Más allá del dolor de los amantes de la música, su muerte evoca algo más amplio, casi político en el sentido cultural del término: Francia ha sabido, cuando así lo ha querido, acoger y celebrar a una artista extranjera porque esta representaba una determinada visión del repertorio y del idioma. Lott encarnaba una forma de exigencia sin rigidez, una excelencia sin afectación, algo cada vez más raro en una época que a veces confunde velocidad con talento.
En los próximos días, se espera que las emisoras de radio y los recintos revisen sus archivos, retransmitan grabaciones y programen veladas de homenaje. Y volveremos a escuchar esta voz con renovada atención, como quien relee una vieja carta: por lo que revela, por lo que oculta, y por esta Francia cantada por una inglesa que, hasta el final, la comprendió desde dentro.
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