Hay cumbres donde las imágenes importan más que las palabras. En Évian, durante la cumbre del G7, el encuentro entre Emmanuel Macron, Donald Trump y Volodymyr Zelensky produjo un momento así. Macron y Trump se saludaron. El apretón de manos fue frío. Trump apenas miró a su homólogo francés. Macron, por su parte, mantuvo la mano en el bolsillo. Para los observadores especializados en diplomacia internacional, esta escena no fue ni un fallo de protocolo ni una coincidencia. Al contrario, demostró en qué se había convertido la relación entre Macron y Trump: una relación necesaria, pero desprovista de confianza y afinidad.
Con la mano en el bolsillo, el marcador de Macron
Para Emmanuel Macron, los gestos nunca son meramente decorativos. El presidente francés es muy consciente del impacto de una mano sobre el hombro, un brazo que se estrecha al pasar, un abrazo prolongado, un apretón de manos que se prolonga unos segundos de más. Durante muchos años, incluso antes de su elección, ha utilizado el contacto físico como herramienta de poder, para crear cercanía o distancia. Es una característica distintiva que todos en su círculo íntimo conocen.
Ante Trump, el gesto de meter la mano en el bolsillo adquiere un significado muy particular. Algunos lo habrán notado: a menudo, cuando Emmanuel Macron saluda a un jefe de Estado, se mete la mano en el bolsillo. ¿Es un gesto de protesta, una forma de fingir indiferencia para salvar las apariencias o una muestra de superioridad?
Trump mira hacia otro lado, Macron cierra las manos.
Por su parte, Donald Trump lleva mucho tiempo utilizando el apretón de manos como arma. Lo aprieta, lo estira, lo prolonga, obligando a la otra persona a adaptarse a su ritmo. Macron comprendió este lenguaje desde muy pronto. Desde sus primeros encuentros, respondió a Trump con la misma moneda, con apretones de manos firmes, a veces interminables, que se convirtieron en símbolos de la dinámica de poder. Mano contra mano, una sonrisa frente a la presión, el protocolo transformado en un duelo discreto.
En Évian, la situación ha cambiado. Macron ya no intenta ganar una batalla física que sabe que ha perdido. Su plan B: una mano en el bolsillo… La mirada de Trump, sin embargo, solo aumenta la inquietud. No mirar a la persona a la que se saluda, en este tipo de situaciones, da la impresión de desapego, desdén o indiferencia.
Ucrania tras el apretón de manos
La presencia de Volodymyr Zelensky otorga mayor relevancia a este momento. Sin él, podría interpretarse como un simple episodio más de la rivalidad personal entre Macron y Trump, dos presidentes que siempre han disfrutado convirtiendo su relación en un duelo de gestos y miradas. Pero Zelensky cambia la dinámica. Ucrania obliga a todos a permanecer presentes y observar. Los europeos necesitan a Washington. Macron necesita que Trump no abandone la cuestión ucraniana, que no deje a Europa sola frente a Moscú y que no transforme la guerra en negociaciones bilaterales con Vladimir Putin. Esta es la tensión de la cumbre. El frío apretón de manos lo dice todo: una alianza que aún funciona porque no tiene otra opción. La mano en su bolsillo impide que la escena caiga en la adulación. Emmanuel Macron sigue siendo un anfitrión, no un cortesano, algo que, después de todo, detesta. Las humillaciones de Trump hacia él…
Una imagen que dice mucho sobre las relaciones diplomáticas.
Esta cumbre del G7 en Évian reúne a un Occidente cansado de intentar convencerse de su unidad. En temas como Ucrania, Irán, el comercio y Rusia, las posturas ya no coinciden. Los europeos desean mantener un marco común. Trump prefiere la comunicación directa. Dada la situación, el apretón de manos entre Macron y Trump es mucho más que un simple gesto social.
En la diplomacia, la cortesía es precisamente el escenario donde se despliegan las dinámicas de poder cuando nadie quiere verbalizarlas. Macron no puede declarar públicamente que la relación con Trump es frágil, que los europeos desconfían de sus intenciones, que Ucrania aún depende de un socio estadounidense impredecible. Tampoco puede convertir la cumbre en una demostración de desafío. Así pues, el lenguaje corporal cumple su función. La mano es firme. El rostro permanece impasible. La mirada de Trump se desvía. La mano de Macron, mientras tanto, permanece en su bolsillo. Un gesto que, si bien no realza la estatura del presidente francés, le da la ilusión —fútil pero esencial para su ego— de estar «por encima de todo»...
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