Música con inteligencia artificial en plataformas de streaming: la batalla entre Spotify y Deezer
Música con inteligencia artificial en plataformas de streaming: la batalla entre Spotify y Deezer

Esta mañana, pones una lista de reproducción relajante y una voz te llama la atención. El problema es que, detrás de algunas canciones que ya suenan millones de veces, no hay un compositor en un estudio, sino una máquina que produce versos y estribillos a demanda. Canciones atribuidas a nombres casi fantasmales, como Scarlyy2 con "Banc de touche" o Aventhis con "Mercy on My Grave", se han colado en las recomendaciones y han encontrado su público, a menudo sin ser identificadas como producciones artificiales.

Todo sucede muy rápido. Con herramientas como Suno o Udio, unas pocas instrucciones bastan para generar una canción completa en segundos, incluyendo voces y arreglos, con un sonido cada vez más convincente. Los primeros intentos sonaban desafinados, repetitivos, comprimidos y fáciles de detectar. Hoy en día, la línea divisoria se difumina: la calidad aumenta, la detección se convierte en un desafío y el streaming, la principal forma de consumir música, es un importante acelerador de esta música producida en masa.

Spotify lo permite, Deezer muestra sus cartas.

Ante esta ola, las plataformas se observan con recelo. Spotify, líder mundial, se niega a convertir la IA en un enemigo en sí misma y prefiere centrarse en los abusos: «El uso de la IA en sí no es un problema. Lo que penalizamos son los abusos como el robo de identidad, la clonación no autorizada y el fraude», explica Romain Takeo Bouyer, jefe de análisis de contenido de Spotify. El problema para el oyente se resume en una frase: actualmente, nada obliga a las principales plataformas a indicar claramente que una pista ha sido generada por IA, y esta ambigüedad beneficia a quienes saturan los catálogos.

Deezer adopta un enfoque opuesto, promoviendo el etiquetado de contenido "100% generado" como una muestra de transparencia. Detrás de este conflicto subyace una preocupación muy real en la industria: ¿con qué se han entrenado los modelos, qué catálogos, qué permisos, qué compensación y hasta qué punto se puede imitar una voz sin autorización? Con tantas pistas producidas a bajo costo y en grandes cantidades, la tentación del fraude también está latente, ya que en el streaming, cada escucha se traduce en unos pocos centavos en disputa.

En Francia, Sacem impulsa un marco basado en la trazabilidad y la remuneración, mientras que los debates europeos en torno a la Ley de IA alimentan las demandas de normas más estrictas sobre la transparencia del contenido utilizado y distribuido. El debate va más allá de la tecnología: aborda el contrato moral entre plataformas, creadores y público, el contrato que garantiza que sepamos quién canta, quién escribe y quién recibe el dinero. Ya se vislumbra una posibilidad: mañana, la confianza podría convertirse en un argumento tan importante como la calidad del sonido, y las plataformas tendrán que tomar partido.

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