El 3 de julio de 987, Hugo Capeto fue coronado rey de los francos en Noyon por el arzobispo Adalberón de Reims, tras ser elegido por la nobleza del reino a la muerte del último rey carolingio, Luis V. Duque de los francos y heredero de la poderosa familia Robertiana, fundó la dinastía Capetiana, destinada a reinar sobre Francia durante más de ocho siglos a través de sus diversas ramas.
El fin de los carolingios
La muerte de Luis V sin heredero desencadenó una crisis de sucesión. Carlos de Lorena, tío del difunto y último pretendiente carolingio, teóricamente podría haber ascendido al trono. Sin embargo, el arzobispo Adalberón de Reims y otros poderosos señores preferían a Hugo Capeto, considerado un candidato fuerte, pero que dependía en gran medida de los principales príncipes territoriales.
El nuevo soberano reinaba entonces sobre un dominio modesto, centrado en París y Orléans. En comparación con los duques de Normandía, Aquitania o Borgoña, su autoridad seguía siendo limitada.
Una dinastía destinada a perdurar
Para asegurar la continuidad de su familia en el trono, Hugo Capeto hizo coronar a su hijo Roberto el 25 de diciembre de 987 en Orleans. Esta práctica de vincular al hijo con el poder se convirtió en un instrumento esencial para la estabilidad de los Capetos.
Tras su muerte el 24 de octubre de 996, Roberto II le sucedió sin mayor oposición. El reinado de Hugo Capeto fue breve, pero su ascenso al trono marcó un punto de inflexión decisivo: los Capetos se consolidaron gradualmente como la familia real de Francia, hasta la Revolución Francesa.
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