El sábado, el centro de Bagnères-de-Bigorre amaneció con grafitis que denotaban una fuerte provocación. En varias paredes, se descubrieron pintadas dirigidas a figuras de La France Insoumise (Francia Indomable), con el explícito mensaje: "Bagayoko, Obono, Bilongo, Hassan: remigración". En esta localidad de aproximadamente 7.000 habitantes, el mensaje distaba mucho de ser simples garabatos; apuntaba a nombres y orígenes.
Tras los hechos, la alcaldesa independiente de centro, Nicole Darrieutort, presentó una denuncia por «vandalismo (...) mediante inscripción, letrero o dibujo», según un documento oficial facilitado por la gendarmería. El grafiti hace referencia al nuevo alcalde de Saint-Denis, Bally Bagayoko, perteneciente al LFI, así como a los diputados del LFI Danièle Obono y Carlos Martens Bilongo, y a la eurodiputada del LFI Rima Hassan: cuatro figuras de origen inmigrante. Este ataque deliberado va más allá de la simple crítica política.
"Remigración" en las paredes, la República en el banco de pruebas
El municipio condenó enérgicamente los grafitis, calificándolos de ofensivos y racistas. En su comunicado, reiteró que el racismo, el antisemitismo, la xenofobia y cualquier forma de discriminación no tienen cabida en Bagnères-de-Bigorre y afirmó haber notificado a las autoridades. Detrás de esta declaración subyace un principio claro: se puede cuestionar a los funcionarios electos, pero no dañar la imagen de las personas con pintura en aerosol, aprovechándose de su identidad.
La coincidencia de fechas añade una ironía sombría. Este acto de vandalismo tuvo lugar el mismo día que una manifestación de varios miles de personas en Saint-Denis contra el racismo, convocada por Bally Bagayoko. Como si algunos, lejos de las marchas, hubieran elegido otro escenario para hacerse oír: el de los muros y la intimidación, discreta pero elocuente.
En Bagnères-de-Bigorre, este no es un incidente aislado: la oficina de la diputada de LFI (Francia Insumisa), Sylvie Ferrer, ya ha sido objeto de vandalismo con grafitis en los últimos meses, incluyendo uno que compara a Jean-Luc Mélenchon con un «fascista». El contenido del debate político puede ser duro, y ya lo es en la Asamblea Nacional y en la televisión, pero cuando la calle se convierte en plataforma para insultos identitarios, lo que se deteriora no es solo el entorno físico, sino también el espíritu de la época. Queda por ver si la investigación identificará a los autores y, sobre todo, si la respuesta ciudadana logrará calmar los ánimos sin trivializar el problema.
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