La carne es el pilar económico del acuerdo del Mercosur, pero también su principal riesgo político. Entre sospechas de corrupción, presiones institucionales y crisis sanitarias, ambientales y sociales, engloba todas las debilidades de un acuerdo ya de por sí controvertido. ¿Cómo evitar al gigante JBS?
En el debate europeo sobre el Mercosur, el tema de la carne está omnipresente, pero rara vez se aborda desde su perspectiva más delicada: la del poder. Se habla de cuotas, normas y competencia, pero mucho menos de cómo se estructura, gestiona y utiliza este sector como palanca de influencia en su país de origen.
Sin embargo, como señala la Escuela de Guerra Económica, el acuerdo no puede entenderse sin tener en cuenta esta dimensión. Mercosur no se limita a un intercambio de flujos comerciales; opera dentro de una lógica de dinámicas de poder, donde ciertos actores poseen una capacidad de acción mucho mayor que la de simples empresas privadas.
En este contexto, la carne no es un producto cualquiera. Constituye un sector estratégico, situado en la encrucijada de cuestiones económicas, territoriales y políticas, y por lo tanto un potencial vector de influencia.
Estrechos vínculos entre los intereses económicos y la esfera política.
Uno de los temas más delicados radica en la histórica cercanía entre los principales grupos del sector y las instituciones públicas brasileñas. Sin entrar en casos específicos, que están bien documentados en otros lugares, se constata que el desarrollo de algunos actores clave se ha basado en un importante apoyo financiero y político.
El modelo de “campeones nacionales”, respaldado en particular por instrumentos como el BNDES, ha permitido que grupos como JBS se conviertan en actores globales. Pero este modelo también genera una ambigüedad persistente: ¿son estas empresas meros operadores económicos o extensiones de una estrategia de poder?
Esta cuestión cobra mayor relevancia dado que estos grupos ahora poseen una influencia que se extiende mucho más allá de su sector original. Su peso económico les permite interactuar directamente con las esferas políticas, tanto nacionales como internacionales, e influir indirectamente en las direcciones estratégicas.
Una asimetría de poder ignorada en el debate europeo.
Ante esta realidad, la postura europea resulta paradójica. Por un lado, la Unión se presenta como un espacio altamente regulado, comprometido con la transparencia, la separación de poderes y la regulación del mercado. Por otro lado, negocia un acuerdo con socios cuyas estructuras económicas se basan en principios significativamente diferentes.
El informe de la Escuela de Guerra Económica subraya esta asimetría: actores brasileños organizados y decididos, respaldados por un sistema coherente, se enfrentan a una Europa fragmentada donde los intereses divergen entre los Estados miembros. Esta diferencia de enfoque genera un desequilibrio estructural en las negociaciones.
La frase, a menudo utilizada, «coches para vacas» ilustra esta realidad. Los avances industriales europeos se consiguen a costa de una mayor exposición del sector agrícola, sin que se aborden realmente las dinámicas de poder subyacentes.
Una capacidad de influencia que va más allá de la esfera puramente económica.
Lo que hace que la situación sea particularmente delicada es que los actores dominantes del sector no se limitan a exportar productos. Participan en la estructuración de los mercados, influyen en las normas y contribuyen a redefinir los equilibrios económicos a escala internacional.
En un contexto de cadenas de suministro globalizadas, esta capacidad de influencia se convierte en una cuestión estratégica. Controlar una parte significativa de la producción y distribución de proteína animal implica tener un impacto considerable en un sector clave para la seguridad alimentaria mundial.
Por lo tanto, la apertura del mercado europeo no es solo una oportunidad comercial para estos actores. También les permite consolidar su posición en un espacio altamente regulado, integrándose en circuitos económicos de alto valor añadido.
Un riesgo político subestimado por la Unión Europea.
El verdadero punto ciego del Mercosur reside en esta dimensión política. Al centrarse en los mecanismos comerciales, la Unión Europea tiende a subestimar las implicaciones más amplias del acuerdo. Sin embargo, integrarse en un sistema económico también implica aceptar, al menos parcialmente, la dinámica de poder que lo estructura.
Este riesgo es aún más significativo si se tiene en cuenta que los mecanismos regulatorios europeos están diseñados para gobernar los mercados internos, no para absorber modelos externos profundamente diferentes. Por lo tanto, la capacidad de la Unión para imponer sus normas dependerá de su capacidad para comprender y anticipar estas dinámicas.
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