Es una escena familiar: una persona sube el volumen de la música en el coche, la otra hace una mueca, encontrando el volumen insoportable. Detrás de este desacuerdo se esconde una realidad biológica: las mujeres oyen, en promedio, 2 decibelios más que los hombres. Este es el hallazgo de un gran estudio internacional dirigido por la investigadora francesa Patricia Balaresque (CNRS), realizado de 2018 a 2025 con 450 personas de 13 poblaciones diferentes en cinco países. Esta diferencia en la sensibilidad auditiva, observable en todo el espectro sonoro, parece estar principalmente relacionada con el sexo, mucho antes que con la edad o el entorno. Se cree que la explicación es multifactorial: los efectos de las hormonas en el útero, la diferente anatomía de la cóclea y la forma del conducto auditivo externo. Así, las mujeres, más protegidas hasta la menopausia, tienen mejor agudeza auditiva, especialmente con sonidos bajos.
Una oreja moldeada por su entorno
Pero el entorno también influye. El estudio revela que las personas que viven en bosques oyen mejor que quienes viven a gran altitud, y los residentes rurales mejor que los urbanos. Los ricos sonidos de los entornos naturales, como los sutiles ruidos de insectos o pájaros, estimulan el oído más que las monótonas frecuencias bajas de la ciudad. Por el contrario, las grandes altitudes, con su aire desoxigenado, podrían afectar ciertas características metabólicas implicadas en la audición. Estos resultados abren nuevas perspectivas en el campo de la salud auditiva. El proyecto "Ear Scape", en curso, tiene como objetivo analizar el genoma completo de 2500 personas para identificar los vínculos entre la composición genética, el entorno sonoro y los trastornos auditivos. Sin embargo, si bien las mujeres oyen "más fuerte", esto conlleva inconvenientes: la hiperacusia, la fatiga o el estrés sensorial pueden acompañar a esta sensibilidad. Un recordatorio de que, como suele ocurrir en biología, una ventaja también puede convertirse en una carga.