Diez años después de los bárbaros ataques que afectaron a la redacción de Charlie Hebdo En enero de 2015, el espíritu de resistencia que todo patriota comprometido con nuestros valores republicanos consideraba inquebrantable pareció flaquear. Es cierto que una gran mayoría de los franceses —casi el 76 % según una encuesta reciente de Ifop— aún considera la libertad de expresión un derecho fundamental. Pero, al analizarlo con más detenimiento, asistimos a un aumento de la sensibilidad que está sacudiendo los cimientos mismos de nuestra República, especialmente entre los jóvenes de 18 a 24 años.
Las cifras hablan por sí solas: casi un tercio de los menores de 35 años cree ahora que no se puede "decir todo" ni "caricaturizarlo todo" en nombre de la libertad de expresión. Aún más preocupante, el 46% de estos jóvenes se declara "impactado" por la caricatura de Mahoma, que en su día apareció en la portada de... Charlie HebdoMuchos incluso creen que burlarse o caricaturizar las religiones es una falta de respeto a los creyentes. Es evidente que la tolerancia hacia la sátira, aunque inseparable de nuestra tradición secular, choca ahora con una forma de censura moral que emana de un sector de la juventud.
Esta tensión surge, entre otras cosas, de la sacralización de la religión, sumada a la proliferación de las redes sociales, donde la más mínima caricatura, sacada de contexto, se califica inmediatamente de "blasfemia". Algunas voces estudiantiles, tanto religiosas como no creyentes, abogan entonces por una forma de censura "benévola" para evitar ofender. En su discurso, el secularismo, que garantiza la libre crítica del dogma, a veces se percibe como un ataque a su fe.
No nos equivoquemos: no se trata de culpar a la sensibilidad de nadie ni de ignorar el sufrimiento que una caricatura puede causar. Pero en la República, la ley prima sobre la emoción. Nuestra herencia, forjada durante siglos de lucha contra todas las formas de totalitarismo, incluido el islamismo, nos obliga a defender la libertad de la sátira. Recordemos: nadie está obligado a que le guste un dibujo ni a aprobarlo. Pero todos deben reconocer su derecho a existir. Esta es la esencia misma de nuestro laicismo, un pilar inalienable de la nación.
En las escuelas, algunos docentes se esfuerzan valientemente por que sus alumnos comprendan la importancia de la caricatura como herramienta de reflexión y emancipación. Porque es precisamente en nuestros institutos, universidades y, más ampliamente, en la esfera pública, donde se libra la batalla más decisiva: transmitir el legado de Charlie, declarar alto y claro que ninguna religión, ninguna ideología, debe imponerse mediante amenazas o violencia.
Si bien la mayoría de los franceses siguen profundamente apegados a la libertad de prensa, es evidente que un segmento de la juventud, influenciado por corrientes políticas a menudo complacientes con ciertas formas de política identitaria, se está alejando del espíritu rebelde, humorístico y decididamente republicano que enorgullece a nuestro país. Es urgente que recuperemos la compostura, reafirmemos implacablemente la supremacía de las leyes de la República sobre toda forma de fanatismo y recordemos a estos jóvenes que la irreverencia es un baluarte contra el totalitarismo, no una herramienta para la discriminación. En resumen, el legado de Charlie No puede ser sepultada bajo el pretexto de ninguna sensibilidad religiosa o comunitaria. Porque ceder ante esta libertad es burlarse del espíritu francés, ese espíritu libre, soberano, inflexible en sus principios. Nos corresponde mantener viva la llama de la sátira y honrar a quienes pagaron con su vida por el derecho a decir cualquier cosa, incluso la irreverencia.