Esta es una escena típica de Silicon Valley, al estilo de la inteligencia artificial: en OpenAI, una empresa privada pero convertida en una estrella mundial desde ChatGPT, los empleados pudieron vender parte de sus acciones a inversores privados y embolsarse sumas astronómicas. A finales de 2025, se informó que aproximadamente 600 empleados habían vendido acciones por valor de 6,6 millones de dólares en una transacción que involucró, entre otros, a Thrive Capital y SoftBank, con un promedio de 11 millones de dólares por vendedor.
Según informaciones de la prensa estadounidense, unos 75 empleados podrían haber recibido hasta 30 millones de dólares cada uno. Se dice que algunos vendieron o donaron una parte de sus acciones a organizaciones filantrópicas, beneficiándose potencialmente de ventajas fiscales, una práctica común en estos círculos donde la optimización fiscal suele enmascarar causas benéficas.
Opciones sobre acciones, valoraciones récord y el juicio de Musk: el cóctel de OpenAI
En la cima, la trayectoria de valoración es vertiginosa y explica este frenesí: OpenAI alcanzó los 500 mil millones de dólares durante la ronda de valoración de 2025, antes de ascender aún más, hasta una valoración de 852 mil millones de dólares tras una ronda de financiación en marzo. En este contexto, la batalla por la imagen pública siempre está presente. Greg Brockman, cofundador y presidente, declaró que posee el 3,5% del capital de la empresa, una participación otorgada en 2018 que, según las cifras citadas, representa decenas de miles de millones de dólares, sin ninguna inversión en efectivo por su parte.
Y luego está Elon Musk, el cofundador convertido en adversario con su IA "Grok", quien acusa a OpenAI de haber abandonado su misión original sin ánimo de lucro, una acusación que la dirección niega. Cuando una empresa concentra tanto dinero, poder tecnológico y rivalidades, lo que sigue se asemeja más a una partida de ajedrez a cielo abierto que a un camino tranquilo.
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