Esta cifra no ha pasado desapercibida en Berlín ni en Fráncfort. La Oficina Federal de Estadística confirmó una inflación interanual del 2,8% en marzo, calculada según el Índice Armonizado de Precios al Consumo (IAPC), tras el 2,0% de febrero. La mayor economía de la eurozona se aleja, por tanto, del objetivo del 2% fijado por el Banco Central Europeo, y no se trata solo de una cuestión de cifras decimales: cuando Alemania estornuda, la inflación europea lo nota, y los mercados también.
El regreso de los aumentos mensuales, una señal pequeña pero significativa.
Otro detalle, más sutil pero a menudo más revelador para la vida cotidiana del lector: en marzo, los precios subieron un 1,2%, frente al 0,4% de febrero. Este ritmo mensual, lleno de altibajos, nos recuerda que la desinflación no es un proceso lineal, sino más bien un camino accidentado donde la energía, los alimentos o los servicios pueden reactivar la economía de forma inesperada. Para el BCE, que ya se ve obligado a equilibrar el apoyo a la actividad económica con la cautela en materia de precios, este tipo de dinámica complica el panorama, y Alemania vuelve a ser el barómetro que todos observan con atención durante el resto de la primavera.
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