El 26 de marzo de 193, Roma se sumió en una situación política inimaginable: tras el asesinato del emperador Pertinax a manos de la Guardia Pretoriana, el poder imperial fue prácticamente vendido al mejor postor. En cuestión de horas, la suprema autoridad del Imperio Romano dejó de ser una dignidad sagrada para convertirse en objeto de una negociación militar, revelando la profunda corrupción del régimen.
La repentina caída de Pertinax
Hijo de un antiguo esclavo que había amasado una fortuna gracias al comercio, Pertinax poseía todas las cualidades para ser un servidor público competente. Buen administrador, formado en los ejércitos del Danubio bajo las órdenes de Marco Aurelio, ascendió al poder tras la violenta muerte de Cómodo, un emperador caprichoso y ruinoso. Pero una vez en el trono, el nuevo emperador descubrió unas finanzas agotadas. Decidió entonces reducir el gasto, restringir la generosidad concedida al pueblo y, sobre todo, limitar los privilegios de la Guardia Pretoriana, a la que no pagó íntegramente la recompensa prometida.
Esta política de reformas pronto le granjeó la enemistad de sus partidarios. Tras solo ochenta y siete días en el trono, la Guardia Pretoriana asaltó el palacio. Pertinax intentó dialogar con ellos y apaciguar su ira, pero fue asesinado en el acto. Su muerte marcó un punto de inflexión: a partir de entonces, el ejército romano ya no solo pretendía influir en el poder, sino distribuirlo.
Didio Juliano compra el trono
Tras el asesinato de Pertinax, dos candidatos se presentaron ante la Guardia Pretoriana para disputarse el trono imperial. El senador Didio Juliano se alzó con la victoria prometiendo a cada soldado una suma colosal. Así, el trono imperial no fue otorgado por el Senado, ni por el pueblo, ni siquiera por la legitimidad dinástica, sino como resultado de una auténtica puja. Esta escandalosa escena conmocionó profundamente a Roma y desacreditó aún más al gobierno central.
El triunfo de Didio Juliano, sin embargo, fue muy efímero. En las provincias, varios generales rechazaron esta farsa. Septimio Severo, apoyado por los ejércitos del Danubio, marchó sobre Roma. Abandonado por el mismo pueblo que lo había llevado al poder, Juliano fue a su vez ejecutado. Esta crisis marcó el comienzo de una nueva etapa en la historia imperial: el poder romano se volvió cada vez más dependiente de los ejércitos, y la autoridad del Estado entró en un período de inestabilidad permanente.
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