Esta mañana, en el surtidor, se puede leer el recibo sin gafas. Un día después de alcanzar un nuevo umbral simbólico, con el precio superando los 2 euros por litro en muchas estaciones, el ministro de Acción Pública y Cuentas, David Amiel, aseguró el 5 de abril que la ayuda "selectiva" decidida en respuesta al alza vertiginosa de los precios del combustible se financiaría mediante la cancelación de créditos en el gasto público.
Traducción: sin cheques sin correcciones contables. El gobierno tomará "medidas, decretos para cancelar" créditos "proporcionalmente este año", prometió, sin especificar qué presupuestos se recortarán.
Llenar el tanque de gasolina es caro, y el gobierno también.
Detrás de esta cautela subyace un argumento recurrente, como un recibo arrugado: la falta de margen de maniobra. David Amiel ofrece un cálculo contundente: en marzo, el aumento de precios habría generado 270 millones de euros en ingresos fiscales adicionales, pero habría incrementado los gastos en 430 millones de euros, incluyendo 300 millones en intereses de deuda adicionales y 130 millones en ayudas para la ciudadanía francesa. «Las finanzas públicas se están deteriorando a causa de la crisis», insiste, añadiendo que el gobierno «no se queda con nada» de los ingresos adicionales procedentes de los impuestos sobre el combustible. Este mensaje pretende desmentir la persistente idea entre los automovilistas de que el Ministerio de Hacienda se frota las manos con regocijo ante cada céntimo extra.
Lo cierto es que el gobierno debe cumplir dos promesas a la vez: brindar alivio sin descontrolarse. El jueves, el primer ministro Sébastien Lecornu anunció nuevas ayudas "selectivas" que se esperan para principios de la próxima semana, en un contexto de guerra en Oriente Medio y aumento de precios. Ya existen medidas de apoyo para ciertos sectores —pescadores, camioneros, agricultores—, pero la presión aumenta sobre el resto de los hogares, especialmente ahora que el diésel alcanza un promedio de 2,307 € y la gasolina SP95-E10 de 2,014 €, según informes de las estaciones de servicio, lo que representa aumentos del 34 % y el 17 % respectivamente desde el 27 de febrero. Entre la idea planteada esta semana de utilizar los "superávits" fiscales para la electrificación de la economía y la promesa de hoy de compensar cada pago de ayuda con un recorte, se perfila una clara disyuntiva: el gobierno busca el punto de equilibrio, aquel que evita el descontento público y, al mismo tiempo, mantiene las arcas públicas saneadas, en un momento en que las facturas de energía se resisten a bajar.
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