Con Romería, estrenada en cines el 8 de abril, Carla Simón continúa su trayectoria cinematográfica profundamente personal, inspirándose en su propia historia de vida, pero siempre abierta a una perspectiva histórica más amplia. Su tercer largometraje sigue a Marina, una joven adoptada que se propone encontrar a su familia biológica para obtener un documento administrativo. A partir de este primer paso, surge gradualmente una investigación mucho más profunda sobre la desaparición de sus padres, las mentiras que rodean sus muertes y una España aún marcada por los estragos del VIH y la heroína.
Una búsqueda familiar construida sobre ausencias.
La película se desarrolla en fragmentos, siguiendo los encuentros de Marina con una familia que apenas conoce y a la que le cuesta hablar del pasado. En el dossier de prensa, Carla Simón explica que las relaciones familiares la fascinan porque «no las elegimos», y añade que, en su caso, estos lazos «tuvieron que construirse». Esta idea impregna toda la narrativa: aquí, la familia dista mucho de ser sencilla; está plagada de palabras no dichas, vergüenza y recuerdos incompletos.
El diario de la madre se convierte entonces en un hilo conductor esencial. Le permite a Marina reconstruir parte de su historia, sin llegar a llenar todos los vacíos. La propia directora lo afirma en el dossier de prensa: intentó reconstruir la historia de sus padres, sin lograr alcanzar la verdad completa. Romería reconoce acertadamente esta imposibilidad. La película no pretende curar las heridas; al contrario, muestra lo que significa crecer con sombras y luego intentar enfrentarlas. Uno de los gestos más poderosos del film reside precisamente en esto: esperar casi hasta el final para pronunciar finalmente la palabra "SIDA", sin vacilación ni eufemismos.
Un recuerdo íntimo que también se vuelve político.
A través de esta historia familiar, Carla Simón también profundiza en una historia colectiva que ha sido ignorada durante mucho tiempo. En el dossier de prensa, señala que en España, la historia del VIH ha permanecido estrechamente ligada a la crisis de la heroína, mucho más que en otros países donde la epidemia se asoció inicialmente con realidades sociales diferentes. Su película revisita a esta generación arrastrada por las drogas inyectables, la enfermedad y las muertes prematuras que muchas familias nunca han podido nombrar con claridad. Subraya que aún persiste una gran cantidad de culpa y tabú, y que este pasado a menudo no ha podido ser narrado adecuadamente.
La película es tan conmovedora precisamente porque nunca juzga. El texto que la acompaña subraya este enfoque para abordar tanto la adicción como el SIDA sin simplificaciones morales. Siguiendo a Marina a través de turbulentas comidas familiares, recuerdos que resurgen con dificultad e imágenes de la costa atlántica, Romería muestra una memoria en proceso de reconstrucción. El cine se convierte entonces en una herramienta para esta reconstrucción. Carla Simón plantea la pregunta: "¿Podemos fabricar nuestros propios recuerdos cuando no existen?". La belleza de la película reside en esta respuesta discreta pero persistente: sí, la imaginación puede ayudarnos a recuperar una historia perdida.
Nacida en 1986, Carla Simón se ha consolidado en pocos años como una de las voces más destacadas del cine de autor español. Tras la aclamada Verano de 93 y Nuestros soles, ganadora del Oso de Oro en el Festival de Berlín de 2022 según la información disponible, confirma con Romería una obra notablemente coherente centrada en la infancia, la transmisión de tradiciones y la falibilidad de la memoria. La película también marca el debut cinematográfico de Llúcia García en el papel protagonista, una joven actriz cuyo diálogo resalta su precisión y presencia. Con ella, Carla Simón nos ofrece una película de duelo, verdad y sanación, profundamente personal e impregnada de una historia colectiva que ha permanecido oculta durante demasiado tiempo.
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