“Morlaix”: un triángulo amoroso adolescente ambientado en un contexto de luto en Bretaña.
“Morlaix”: un triángulo amoroso adolescente ambientado en un contexto de luto en Bretaña.

Con Morlaix, que se estrena el 15 de abril, el cineasta español Jaime Rosales sitúa su historia en la costa de Finisterre, entre el duelo, el deseo y los recuerdos. La película sigue a Gwen, una estudiante de secundaria que aún se recupera de la muerte de su madre, cuya estabilidad se ve alterada por la llegada de Jean-Luc, un joven parisino que interrumpe su relación con Thomas, el amor de su vida. Protagonizada por Aminthe Audiard y Samuel Kircher, este drama romántico retrata la adolescencia como un territorio de incertidumbre, donde las emociones son protagonistas.

Una historia de amor y pérdida ambientada en Bretaña.

La película se centra inicialmente en un triángulo amoroso, pero pronto trasciende este único motivo. En torno a Gwen, también explora temas como la transición a la adultez, el apego a una ciudad que a veces se sueña con abandonar, el peso del duelo y el miedo a las decisiones futuras. Morlaix considera estos años cruciales como un periodo en el que todo parece decisivo, pero nada está realmente resuelto.

Jaime Rosales filma esta historia como un recuerdo que regresa fragmentado. La narración se despliega a través de los recuerdos de Gwen adulta, interpretada por Mélanie Thierry, avanzando en ráfagas discontinuas, a veces borrosas, a veces más nítidas. Esta estructura le confiere a la película un tono melancólico, como si toda esa juventud existiera ahora solo a través de imágenes incompletas, reelaboradas por el tiempo.

Una película de sensaciones, a medio camino entre la experimentación y la nostalgia.

Morlaix también destaca por su estilo altamente estilizado. El director alterna entre blanco y negro, color, película y diferentes formatos de imagen, como si quisiera variar la textura misma de los recuerdos. Esta elección estética refuerza la idea de un pasado fragmentado, marcado por estados emocionales más que por certezas. El pueblo bretón, sus playas, acantilados, calles y silencios, se convierten en mucho más que un telón de fondo: son el espacio mental de la película.

Esta película puede ser tan cautivadora como desconcertante. Con un fuerte componente dialogado y a menudo contemplativa, prioriza la vacilación, la conversación y la introspección sobre la acción pura. Se identifica con cierto cine sentimental y literario, donde el romance se transmite tanto a través de las palabras como de las miradas. Con más de dos horas de duración, Morlaix exige que el espectador se sumerja en su ritmo, pero también crea una atmósfera verdaderamente única e inmersiva, que cobra vida gracias a dos jóvenes actores que dotan a esta historia de amor de una fragilidad perfectamente equilibrada.

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