El 5 de junio de 1662, Luis XIV transformó el patio de las Tullerías en un escenario de esplendor ecuestre para celebrar el nacimiento del Delfín por todo lo alto. Durante dos días, más de 10.000 espectadores presenciaron un espectacular carrusel militar que combinó proezas ecuestres, suntuosos trajes, música y figuras exóticas. El joven rey ya estaba imponiendo su poder absoluto en un escenario ideal para su audaz ambición.
Un espectáculo real para un heredero al trono
Oficialmente, el Gran Carrusel se organizó para celebrar el nacimiento del Delfín Luis, nacido el 1 de noviembre de 1661. Pero tras esta celebración familiar se escondía una clara estrategia política: afirmar el poder absoluto del rey ante una nobleza aún marcada por los disturbios de la Fronda y deslumbrar al pueblo de París. El festival fue también una declaración de estilo: a partir de entonces, Luis XIV fue el centro del reino, un Rey Sol en torno al cual giraban las demás estrellas de la Corte.
Inspirado en los antiguos torneos prohibidos desde la muerte de Enrique II, el carrusel es un espectáculo ecuestre de origen italiano que combina elegancia y destreza. El del 5 de junio de 1662 contó con cinco cuadrillas, cada una dirigida por un noble de alto rango, incluido el propio Luis XIV. Una tribuna monumental albergaba a la reina María Teresa, la reina madre Ana de Austria y las damas de la corte.
Dos días de pompa y simbolismo
El 5 de junio se dedicaba al concurso de tirar cabezas. Cada jinete intentaba derribar, con una lanza o un dardo, una cabeza de Medusa o de moro colocada en lo alto. El rey se distinguió, pero fue el marqués de Bellefonds, del séquito del duque de Orleans, quien ganó. Recibió un retrato del rey con incrustaciones de diamantes.
Al día siguiente, 6 de junio, tuvo lugar la carrera de anillas, un evento en el que los participantes pasaban una lanza por un pequeño aro suspendido a toda velocidad. En esta ocasión, el premio fue para el duque de Lesdiguières.
Los trajes competían entre sí en exuberancia: Luis XIV apareció como un emperador romano cubierto de oro y rubíes, el príncipe de Condé como un turco con un turbante incrustado de piedras preciosas, y el duque de Guisa, a la cabeza de la cuadrilla americana, lucía un tocado de dragón dorado de un metro y treinta de altura. El efecto en el público fue inmenso. Más que un juego, el carrusel se convirtió en una representación del poder.
Este extraordinario espectáculo dio nombre a la Place du Carrousel, situada entre el Louvre y las Tullerías. Fue también el último gran festival celebrado en París bajo el reinado de Luis XIV; los siguientes tendrían lugar en Versalles, en el magnífico teatro que el Rey Sol construiría según sus propias especificaciones.