En su segundo largometraje, Christine Paillard sigue la historia de Billie, una niña de 14 años que lidia con la repentina muerte de su padre, Tony, un músico interpretado por Roschdy Zem. Al ser interrogada sobre las circunstancias de la tragedia, la joven oculta algunos recuerdos dolorosos, en particular las violentas discusiones entre sus padres y la profunda infelicidad de su padre.
Tras la muerte, Billie abandona su antigua vida y se muda a Nantes con su madre Roxane, interpretada por Julia Faure, y su hermano Ruben. Incapaz de superar el duelo, intenta comprender qué ocurrió realmente aquella fatídica noche. Esta búsqueda personal, impulsada por la ira y el deseo de venganza, difumina gradualmente la línea entre los recuerdos, las sospechas y la realidad.
La música como su último vínculo con su padre.
La narración se cuenta íntegramente desde el punto de vista de Billie, interpretada con gran intensidad por Bonnie Bouriche Troutaud. La adolescente idealiza a su padre mientras culpa a su madre de la desintegración familiar. La presencia espectral de Tony, a veces una alucinación, a veces un fantasma real, ilustra su incapacidad para aceptar la pérdida de un hombre tan entrañable como profundamente tóxico.
La música se convierte entonces en el vínculo fundamental entre Billie y su padre. Su encuentro con una nueva vecina le ofrece la oportunidad de transformar su sufrimiento y recuperar el equilibrio. A pesar de algunas preguntas sin respuesta, Billie Melody encuentra su fuerza en el retrato sensible de una adolescente dividida entre el dolor, la verdad y la necesidad de seguir viviendo.
