Seúl ha optado por la inusual vía de disculparse con Pyongyang. El presidente surcoreano, Lee Jae-myung, expresó su pesar después de que Corea del Norte enviara drones civiles sobre su territorio hace unos meses, calificando el comportamiento de "irresponsable". "Aunque no era la intención de nuestro gobierno, expresamos nuestro pesar a Corea del Norte", declaró en una reunión de gabinete. Fue un gesto a la vez prudente y políticamente astuto, como poner una tapa a una olla que ha estado hirviendo a fuego lento.
Por otro lado, Corea del Norte no suele dejar impunes este tipo de incidentes. En enero, Pyongyang afirmó haber derribado un dron que transportaba "equipos de vigilancia" cerca de Kaesong, a pocos kilómetros de la frontera intercoreana, y prometió una respuesta "terrible" ante cualquier incursión futura. En Corea del Sur, el asunto ha derivado en acciones legales, con tres civiles acusados, según informes de prensa, lo que indica que Seúl quiere dejar claro que esta incursión no será tolerada.
Drones, inteligencia y fronteras tensas
Porque este episodio ya no se asemeja a un simple acto imprudente de aficionados a la tecnología. Lee Jae-myung declaró que un incidente con drones civiles "no debería haber ocurrido" bajo su administración, y reveló además que una investigación había establecido la participación de un funcionario del Servicio Nacional de Inteligencia y un soldado en servicio activo. Esto dista mucho de ser un pasatiempo de domingo. En septiembre, la agencia de noticias norcoreana KCNA acusó a Seúl de enviar un dron similar sobre Kaesong, alegando que la aeronave se estrelló tras ser interferida electrónicamente.
Desde que llegó al poder el año pasado, el presidente surcoreano ha manifestado su deseo de reanudar el diálogo con Corea del Norte. Sin embargo, nada ha cambiado. Kim Jong Un incluso ha calificado a Seúl como el "enemigo más hostil" y ha rechazado las propuestas surcoreanas, cerrando la puerta justo cuando Corea del Sur busca una vía de acceso. En este contexto, un solo dron de más, incluso pilotado por civiles, se convierte en una chispa propicia para quienes la esperan con ansias.
Persiste esta cruda realidad, a menudo olvidada cuando amaina el frenesí mediático: técnicamente, ambos estados siguen en guerra, sin un tratado de paz desde el armisticio de 1953. Cada incidente, por insignificante que sea, se convierte en una prueba, un sondeo en una atmósfera ya de por sí tensa. Seúl intenta recuperar el control mediante la transparencia y las sanciones internas, mientras que Pyongyang permanece en estado de máxima alerta… y el horizonte diplomático se reduce cada vez más.
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