Salimos de Le Cid con la sensación de haber presenciado lo más emocionante que el teatro puede ofrecer: un espectáculo poderoso, emocionante y profundo. En la producción de Denis Podalydès para la Comédie-Française, presentada en el Théâtre de la Porte Saint-Martin, la obra de Corneille recupera toda su fuerza vital. Los versos alejandrinos no se tratan como un mero ejercicio académico: fluyen, impactan y nos arrebatan. Su poesía se desarrolla con una claridad exquisita, sostenida por una interpretación a la vez concreta e intensamente trágica.
Una compañía excepcional que cobra vida gracias a una puesta en escena poética.
El mayor éxito de la producción reside, ante todo, en sus intérpretes. Suliane Brahim ofrece una Chimène de primera categoría: orgullosa, atormentada e incandescente, sin caer jamás en el melodrama. Dota al personaje de una autoridad dolorosa, una fuerza interior que hace aún más conmovedora su lucha entre el amor y la justicia. Frente a ella, Benjamin Lavernhe es un Rodrigue vibrante, impulsado por emociones encontradas, que captura a la perfección tanto la energía juvenil del papel como su dimensión heroica. El dúo resulta absolutamente cautivador, haciéndonos sentir que, en la obra de Corneille, el amor no suaviza nada: al contrario, hace que las decisiones sean más angustiosas y los deberes, más imposibles.
A su alrededor, la compañía brilla. Didier Sandre dota a Don Diègue de una nobleza conmovedora y herida, Bakary Sangaré aporta al rey una presencia llena de matices, y todo el elenco confiere a la obra su energía colectiva. Nos sumergimos en la época, no solo por el esplendor de la escenografía de Éric Ruf y el vestuario de Christian Lacroix, sino también por el estilo interpretativo, que jamás intenta modernizar artificialmente el texto. Todo se combina para transportarnos a esta España de teatro, palacios, duelos y honor, sin que la representación se estanque en una mera reconstrucción histórica. El tiempo vuela: cada escena reaviva nuestra atención, cada diálogo parece invitar a la siguiente, y seguimos los tormentos de los dos amantes condenados con creciente intensidad.
La historia de la batalla de Rodrigo, uno de los momentos culminantes del espectáculo.
Esta producción también nos recuerda lo innovadora que fue Le Cid desde su creación en 1637. Corneille narró la famosa historia de Rodrigue y Chimène, prometidos hasta que una disputa entre sus padres transformó su amor en tormento. El éxito fue inmenso, pero también la controversia: la obra fue criticada por sus inverosimilitudes, su mezcla de tonos y su supuesto desprecio por las incipientes reglas del teatro clásico. Como señalan las notas del programa, es precisamente esta libertad la que aún hoy constituye la fuerza de Le Cid: una tragicomedia juvenil, desbordante, luminosa y oscura, impulsada más por la pasión que por las normas establecidas.
Denis Podalydès recaptura magníficamente esa energía inicial. Su producción nunca trata a Corneille como un autor rígido y estático, sino como un dramaturgo de impacto, movimiento y brillantez deslumbrante. Y hay, en esta interpretación, un momento inolvidable: el relato de la batalla de Rodrigue, con sus tambores resonantes. La escena es espléndida, de una fuerza casi sobrecogedora. El público contiene la respiración, queda hechizado y, de repente, experimentamos esa rara sensación que buscamos en el teatro: la de un momento que nos trasciende, donde palabras, ritmo, actores y puesta en escena se funden en una sola oleada. Es hermosa, de una fuerza sin precedentes, y solo esto basta para hacer de este Cid un gran espectáculo. Pero hay mucho más: una comprensión del texto, una fe en los actores y la verdad innegable, de principio a fin, de que Corneille no ha perdido ni un ápice de su ardiente juventud.
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